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                  Gustavo Adolfo Bécquer: "¿Qué es poesiá? Poesía... eres tú."
 

La biografía de Bécquer:

        The short life of Gustavo Adolfo Bécquer, from his childhood to his death, is one of sadness and tragedy. He was born in the Spanish city of Seville, on Febuary 17, 1836, but by the age of ten, both his parents had died. He was brought up by his godmother and received a good education, where he showed signs of his future literary abilities, by collaborating on a play and novel. Bécquer, from the time he was eighteen, lived a life of obscurity and ill health, working as a lowly government official, as a translator of French novels, and as a censor of novels under Queen Isabel II. It was then that Bécquer wrote a collection of his unpublished poems, but as his luck would have it, he lost his job and his written poems were destroyed in the revolution of 1863, which later he had to rewrite them from memory. Below are some of these poems. Gustavo Adolfo Bécquer died on December 22, 1870, from the effects of tuberculosis at the young age of 34. While Bécquer never found fame and fortune during his life, his work soon found favor with more contemporary Spanish and Latin American poets.
 
 
 
La  poesía de Bécquer:

          XI.

          XIII.
"Yo soy ardiente, yo soy morena,  Tu pupila es azul, y cuando ríes,
yo soy el símbolo de la pasión;  su claridad süave me recuerda
de ansia de goces mi alma está llena.  el trémulo fulgor de la mañana
¿A mí me buscas?" "No es a ti, no."            que en el mar se refleja.
   
"Mi frente es pálida; mis trenzas, de oro;  Tu pupila es azul, y cuando lloras,
puedo brindarte dichas sin fin; las transparentes lágrimas en ella
yo de ternura guardo un tesoro. se me figuran gotas de rocío
¿A mí me llamas?" "No; no es a ti."            sobre una violeta.
   
Yo soy un sueño, un imposible,  Tu pupila es azul, y si en su fondo
vano fantasma de niebla y luz;  como un punto de luz radia una idea,
soy incorpórea, soy intangible; me parece en el cielo de la tarde
"no puedo amarte." "¡Oh, ven; ven tú!"           ¡una perdida estrella!
   
1. anxiety of enjoyment    3. to toast you  1. trembling brilliance             2. dew
2. braids                              4. tenderness
 
¿Qué es el tema? ¿Por qué el uso del color azul?
¿Quién es la voz poética?

 
          XXIII.            LXVIII.
   
Por una mirada, un mundo;           No sé lo que he soñado
por una sonrisa, un cielo;           en la noche pasada;
por un beso... ¡yo no sé  triste, muy triste debió ser el sueño,
qué te diera por un beso!  pues despierto la angustia me duraba.
   
1. I would give you           Noté, al incorporarme,
           húmeda la almohada.
¿Es la mujer real o ideal? y por primera vez sentí, al notarlo,
  de un amargo placer henchirse el alma.

          Triste cosa es el sueño
          que llanto nos arranca;
mas tengo en mi tristeza una alegría.
¡Sé que aún me quedan lágrimas!
1. anguish             3. swell                5. tears
2. moist                 4. weeping
¿Ve Usted un cambio en el tema de los otros poemas?

Las leyendas de Bécquer:

There are 18 leyendas or prose tales, which are a wonderful mixture of fanciful tales of the supernatural and Bécquer's own search for an ideal love, all combined in a way to create suspense and emotion for his characters. Below is one of these leyendas.
 
 

                                                            EL MONTE DE LAS ANIMAS

                                                                 (LEYENDA SORIANA)
 

    La noche de Difuntos, me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas. Su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
    Intenté dormir de nuevo. ¡Imposible! Una vez aguijoneada la imaginación, es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarlo de la rienda. Por pasar el rato, me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
    A las doce de la mañana, después de almorzar bien, y con un cigarro en la boca, no le hará mucho efecto a los lectores de El Contemporáneo. Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.
    Sea de ello lo que quiera, allá va, como el caballo de copas.

Resumen I
                                                                    I
    -Atad los perros, hacer la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Animas.
    - ¡Tan pronto!
    -A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
    - ¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
    -No, hermosa prima. Tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré la historia.
    Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos. Los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían a la comitiva a bastante distancia.
    Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

Resumen II

    -Ese monte que hoy llaman de las Animas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron. Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres. Los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban sus enemigos. Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener los unos en su mania de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras. Antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería. Fue una batalla espantosa; el monte quedó sembrado de cadáveres. Los lobos, a quienes se quiso exterminar, tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.

Resumen III

    Desde entonces dicen que cuando llega la noche de Difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria lo llamamos el Monte de las Animas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche. La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporársele los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

IV Resumen IV

                                                                    II

    Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor, iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.
    Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, y absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
    Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
    Las dueñas referían, a propósito de la noche de Difuntos, cuentos temerosos, en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.
    -Hermosa prima -exclamó, al fin, Alonso, rompiendo el largo silencio en que se encontraban-, pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábítos sencillos y patriarcales, sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señoríto.
    Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia: todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
    -Tal vez por la pompa de la Corte francesa, donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven. -De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?
    -No sé en el tuyo --contestó la hermosa-; pero en mi país una prenda recibida compromete la voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo..., que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.

Resumen V
 

    El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que, después de serenarse, dijo con tristeza:
    -Lo sé, prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo entre todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
    Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.
    Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volvióse a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste y monótono doblar de las campanas.
    Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a reanudarse de este modo:
    -Y antes que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él, clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
    -¿Por qué no? -exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro, y después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió--: ¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
    Sí.
    - ¡Pues... se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un
recuerdo.
     -¡Se ha perdido! ¿Y dónde? -preguntó Alonso, incorporándose
de su asiento y con una indescriptible expresión
    -No sé... En el monte acaso.

 Resumen VI
 

    -¡En el Monte de las Animas! -murmuró, palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-. ¡En el Monte de las Animas! -luego prosiguió, con voz entrecortada y sorda-: Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces. En la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor hereditario de mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guarídas y sus costumbres, y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche..., esta noche, ¿a qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡Las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarlo en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.
    Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que, cuando hubo concluído, exclamó en un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:
    - ¡Oh! Eso, de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de Difuntos y cuajado el camino de lobos!
    Al decir esta última frase la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía: movido como por un resorte se puso en pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar, entreteniéndose en revolver el fuego:
    -Adiós, Beatriz, adiós. Hasta pronto.
    -¡Alonso, Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerlo, el joven había desaparecido.
    A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
    Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

Resumen VII

                                                                    III

    Había pasado una hora, dos, tres; la medianoche estaba a punto de sonar, cuando Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvia, y, a querer, en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
    - ¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven, cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la Iglesia consagra en el día de Difuntos a los que ya no existen.
    Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
    Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de las campanas, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.
    -Será el viento -dijo, y poniéndose la mano sobre su corazón procuró tranquilizarse.
    Pero su corazón latía cada vez con más violencía, las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes con un chirrido agudo, prolongado y estridente.
    Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden; éstas con un ruido sordo y grave, y aquéllas con un lamento largo y crispador. Después, silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la medianoche; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la oscuridad.
    Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar; nada, silencio.
    Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas las direcciones, y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada; oscuridad, las sombras impenetrables.

 Resumen VIII
 

    -¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-. ¿Soy yo tan miedosa como esas pobres gentes cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura al oír una conseja de aparecidos?
    Y cerrando los ojos, intentó dormir... : pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y rebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.
    El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas de aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los difuntos.
    Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin, despuntó la aurora. Vuelta de su temor entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, tendió una mirada serena a su alrededor, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejilla: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.
    Cuando sus servidores llegaron, despavoridos, a notificarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Animas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros, muerta, ¡muerta de horror!

Resumen IX

                                                                    IV

    Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de Difuntos sin poder salir del Monte de las Animas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas terribles. Entre otras, se asegura que vio a los esqueletos de los antiguos Templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada que, con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.
 
 

I.   On night on the Day of the Dead, the author, who can´t sleep because he is thinking of a frightful legend, decides to write about it in a newspaper article.

II. Cousins Beatriz and Alonso are on a hunt with their fathers on the Day of the Dead. Beatriz doesn´t understand why they have to leave early from the mountain. Alonso begins to tell her the story.

III. Alonso tells the story of how Los Templarios and the nobles of the town fought over a mountain which both wanted. Finally, the king decides that no one can use it, so the monastary is left deserted along with the dead from the battle.

IV. Alonso continues the story that since its the abandoning of the mountain, on Day of the Dead, people have seen footprints of the dead warriors. That is why it is called the mountain of the spirits.

V. The description of a party that night at the home of Alonso's family. Alonso wants to give a present to Beatriz, as a going away gift.

VI. Beatriz decides to give Alonso a blue scarf for a gift, but she left it on the mountain of the spirits.

VII. While Alonso, who is a brave hunter, admits he is afraid to go find the scarf, but because he knows it will please Beatriz he decides to go. Meanwhile, Beatriz is proud of him.

VIII. Beatriz waits for Alonso's return, but he doesn't return. She retires to her room and tries to sleep. She is restless and fearful, because she hears strange noises all night.

IX. Beatriz tries to not be afraid, but can not. Finally, the sun begins to rise and Beatriz feels like her nightmare is over. She opens the curtains to her room...

X. The story ends with a tale of a hunter who on another day of the Dead, saw the spirit of Beatriz near the tomb of Alonso.
 
 
 

Vocabulario:
tañido: sound
aguijoneada: pricked
yegua: mare
espantosa: terrifying
jirones: strip of cloth
sudarios:shroud
caprichos: wim
toscas: coarse
desdeñosa: distainful
zumido: hum
ascendientes: ancestors
torbellino: whirlwind
goznes: hinges
azotaba: lashed
ráfagas: gust of wind
estrépito: noise