Una carta a Dios
Gregorio
López y Fuentes
I.
La casa —única en todo el valle— estaba en lo alto de un cerro
bajo. Desde allí se veían el río y,
junto al corral, el campo de maíz maduro con las flores del frijol
que siempre prometían una buena cosecha.
Lo único que
necesitaba la tierra era una lluvia, o a lo menos un fuerte aguacero. Durante la mañana, Lencho
—que conocía muy bien el campo— no había hecho más que examinar el cielo hacia
el noreste.
—Ahora sí que viene
el agua, vieja.
Y la vieja, que preparaba
la comida, le respondió:
—Dios lo quiera.
Los muchachos más
grandes trabajaban en el campo, mientras que los más pequeños jugaban cerca de
la casa, hasta que la mujer les gritó a todos:
—Vengan a comer...
Fue durante la comida
cuando, como lo había dicho Lencho, comenzaron a caer
grandes gotas de lluvia. Por el noreste
se veía avanzar grandes montañas de nubes.
El aire estaba fresco y dulce.
El hombre salió a
buscar algo en el corral solamente para darse el gusto de sentir la lluvia en
el cuerpo, y al entrar exclamó:
—Estas no son gotas
de agua que caen del cielo; son monedas nuevas; las gotas grandes son monedas
de diez centavos y la gotas chicas son de cinco...
II.
Y miraba con ojos satisfechos el campo de maíz maduro con las flores
del frijol, todo cubierto por la transparente cortina
de la lluvia. Pero, de pronto, comenzó a
soplar un fuerte viento y con las gotas de agua comenzaron a caer granizos muy
grandes. Esos sí que parecían monedas de
plata nueva. Los muchachos, exponiéndose
a la lluvia, corrían a recoger las perlas heladas.
—Esto sí que está muy
malo —exclamaba mortificado el hombre —ojalá que pase pronto...
No pasó pronto. Durante una hora cayó el granizo sobre la
casa, la huerta, el monte, el maíz y todo el valle. El campo estaba blanco, como cubierto de
sal. Los árboles, sin una hoja. El maíz, destruido. El frijol, sin una
flor. Lencho,
con el alma llena de tristeza. Pasada la
tempestad, en medio del campo, dijo a sus hijos:
—Una nube de
langostas habría dejado más que esto... El granizo no ha dejado nada: no tendremos ni
maíz ni frijoles este año...
La noche fue de
lamentaciones:
—¡Todo
nuestro trabajo, perdido!
—¡Y
nadie que pueda ayudarnos!
—Este año pasaremos
hambre...
Pero en el corazón de
todos los que vivían en aquella casa solitaria en medio del valle, había una experanza: la ayuda de Dios.
III.
—No te aflijas tanto,
aunque el mal es muy grande. ¡Recuerda
que nadie se muere de hambre!
—Eso dicen: nadie se muere de
hambre...
Y durante la noche, Lencho pensó mucho en su sola esperanza: la ayuda de Dios, cuyos ojos, según le
habían explicado, lo miran todo, hasta lo que está en el fondo de las
conciencias.
Lencho
era un hombre rudo, trabajando como una bestia en los campos, pero sin embargo
sabía escribir. El domingo siguiente,
con la luz del día, después de haberse fortificado en su idea de que hay
alguien que nos protege, empezó a escribir una carta que él mismo llevaría al
pueblo para echarla al correo.
No era nada menos que
una carta a Dios.
“Dios —escribió— si
no me ayudas, pasaré hambre con toda mi familia durante este año. Necesito cien pesos para volver a sembrar y
vivir mientras viene la nueva cosecha, porque el granizo...”
Escribió “A Dios” en
el sobre, metió la carta y, todavía preocupado, fue al pueblo. En la oficina de correos, le puso un sello a
la carta y echó ésta en el buzón.
IV.
Un empleado, que era
cartero y también ayudaba en la oficina de correos, llegó riéndose mucho ante
su jefe, y le mostró la carta dirigida a Dios. Nunca en su existencia de cartero había
conocido esa casa. El jefe de la oficina —gordo y amable— también empezó a
reír, pero muy pronto se puso serio, y mientras daba golpecitos en la mesa con
la carta, comentaba:
—¡La
fe! ¡Ojalá que yo tuviera la fe del
hombre que escribió esta carta! ¡Creer
como él cree! ¡Esperar con la confianza
con que él sabe esperar! ¡Empezar
correspondencia con Dios!
Y, para no
desilusionar aquel tesoro de fe, descubierto por una carta que no podía ser
entregada, el jefe de la oficina tuvo una idea: contestar la carta. Pero cuando la abrió, era evidente que para
contestarla necesitaba algo más que buena voluntad, tinta y papel. Pero siguió con su determinación: pidió dinero a su
empleado, él mismo dio parte de su sueldo, y varios amigos suyos tuvieron que
darle algo “para una obra de caridad.”
Fue imposible para él
reunir los cien pesos pedidos por Lencho, y sólo pudo
enviar al campesino un poco más de la mitad.
Puso los billetes en un sobre dirigido a Lencho
y con ellos una carta que tenía sólo una palabra como firma: DIOS.
V.
Al siguiente domingo,
Lencho llegó a preguntar, más temprano que de
costumbre, si había alguna carta para él.
Fue el mismo cartero quien le entregó la carta, mientras que el jefe,
con la alegría de un hombre que ha hecho una buena acción, miraba por la puerta
desde su oficina.
Lencho
no mostró la menor sorpresa al ver los billetes —tanta era su seguridad— pero
se enfadó al contar el dinero... ¡Dios
no podía haberse equivocado, ni negar lo que Lencho
le había pedido!
Inmediatamente, Lencho se acercó a la ventanilla para pedir papel y
tinta. En la mesa para el público,
empezó a escribir, arrugando mucho la frente a causa del trabajo que le daba
expresar sus ideas. Al terminar, fue a
pedir un sello, que mojó con la lengua y luego aseguró con un puñetazo.
Tan pronto como la
carta cayó al buzón, el jefe de correos fue a abrirla. Decía:
“Dios: del dinero que te
pedí, sólo llegaron a mis manos sesenta pesos.
Mándame el resto, como lo necesito mucho; pero no me lo mandes por la
oficina de correos, porque los empleados son muy ladrones. —Lencho.”